De bajón moral en la ciudad

Ya es fin de semana para muchos y la gente rebosa alegría. Para yo los fines de semana son una pesadilla, no estoy exhausta para poder descansar, no tengo nada que hacer, los domingos está todo cerrado, y no tengo amigos en este lugar. Nadie es amigo de nadie en la ciudad.
Todos los amigos de Internet han desaparecido, no me apetece volver al pueblo porque mi familia siempre me pone a cargar carretillas de calabazas, berenjenas y toneladas de perejil. ¿Para qué? Para regalárselas a otros. Ya nadie compra cosas recién arrancadas del huerto, la gente va a los supermercados porque lo importado del extranjero es más barato. Mis familiares no se enteran y siguen ampliando sus hectáreas de cultivo. Estoy cansada sin haberme casado de ser la tonta de la familia.
He de reconocer que me he vuelto adicta a las pipas de calabaza y no sé como dejarlo. Las adicciones son tan duras y es tan difícil quitarse de ellas una vez que se está enganchado. Tantos psicólogos en la ciudad y ninguno me presta atención si no hay compensación monetaria… la vida no es nada sin dinero.
Siempre me quedarán mis macedonias de frutas y mi móvil multimedia para conservarlas digitalmente, porque cada plato de fruta es único e irrepetible.
