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La Coctelera

La ciudad, mi móvil multimedia y yo

20 Agosto 2007

ALERTA EN INTERNET, CUIDADO CON EL CHATEADOR FLACIMINGO

Hacía años mil que no entraba en ningún chat, pero este pasado viernes tuve la arroz brillante idea de entrar en la sala #peru para dar mis más sinceros pésames y condolencias a los paisanos vivientes de las víctimas de esa gran barbarie natural que ha sacudido al país estos días atrás. Me enteré por la televisión al llegar del pueblo de mis padres, pues en su casa también hay una tele que yo les regalé pero no se ve, no se sabe el motivo, posiblemente la señal, que no llega. La encontré en una explanada llena de bolsas, botes y cosas, a alguien se le debió caer.

La cuestión es que rápidamente fui al chat, y entre lágrimas me abrieron muchas privados, y cuando se enteraron de que soy española viviendo en España, se me colgó el computador por otra grande y ancha ola de más privados.

Al reentrar, retomé conversación con Flacimingo, un chico de la zona donde habito que nada tenía que ver con Perú, pero allí estaba, apoyando con emoticonos a los compatriotas de la otra parte del charco.

Flacimingo y yo comenzamos a intimar hasta que nos dimos cuenta de que llevábamos cinco horas chateando y decidimos quedar en la plaza de las frutas para conocernos mejor y analizar personalmente las cosas del campo que venden en la ciudad.

Antes de salir, me salpiqué con un poco de agua las axilas y genitales, sin abusar ni derramar una sola gota, me vestí con un vestido que me hice con unos retales que compré al peso por escasos céntimos la pieza y cogí mi canasto de mimbre por si acaso comprábamos provisiones para la cata.

Al llegar, allí estaba él, un hombre algo más mayor que yo, de especial belleza, vestido con una camisa a cuadros tapada por una chaqueta de plástico y en las piernas, un pantalón de pana marrón con tirantes. Me agarró duro, me dio dos besos y me llevó a “disfrutar” de la noche, como él tanto recalcaba en la conversación por el computador.

Al final ni tomates, ni manzanas, ni ajos puerros ni cebollas ni peras ni nada, me llevó a la cuarta planta de un edificio antiguo que ponía encima de la puerta “Hostal Gabriel”. Nos adentramos en la habitación, él primero que yo, y me pude sentir como la princesita que toda mi vida siempre he soñado.

En la alcoba había dos camas de pared a pared (por lo que para pasarlas había que saltar por encima), una ventana, una bombilla en el techo, otra en una mesilla de noche (pero no funcionaba) y silencio. Le lancé una foto nada más entrar con mi móvil multimedia para plasmar digitalmente tan especial momento.

Yo notaba que algo faltaba, y me di cuenta cuando, después de comer un bocadillo que Flacimingo había llevado para mi, sentí un apretón en mi vientre, por lo que confirmé mi adivinación extrasensorial: no había inodoro. Salí al pasillo y allí pude compartir baño con otra un hombre algo demacrado (estaría recién levantado, era tarde).

Realicé mis necesidades biológicas y volví a la suite a la que Flacimingo me había invitado. Estaba desnudo en la cama, con los brazos en cruz, presentaba un vientre redondo y no tenía la pilila colgando como todos los hombres, sino hacia arriba. Fue extraño. Me asusté y salí corriendo, ni foto pude hacer.

Hoy tengo agujetas y me he dado de baja en Internet.

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Este es mi diario cibernético (no de papel) desde que ha comenzado la 2ª parte de mi vida en un lugar diferente y desconocido para mí: la ciudad.

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